El problema de no comprender a Allende

El inmenso prestigio del Presidente Allende por su proyecto político y por su consecuencia al hacer frente heroicamente al putsch del 11 de Septiembre de 1973, la admiración por su trayectoria y la dramática lucidez de sus últimas palabras, le significan innumerables adherentes no sólo en Chile, sino que en los cinco continentes.

La composición de esa inabarcable legión de allendistas es inevitablemente de una enorme diversidad, que conlleva distintas visiones de su figura histórica y liderazgo, en especial acerca de a quien corresponde su legado en la situación actual de cada país y del mundo globalizado.

Por eso, desde el socialismo chileno es vital revalorizar su trayectoria, sobre todo para las nuevas generaciones de luchadores sociales en Chile, porque su patrimonio histórico no es solo una admiración a su figura y coraje, sino que en sus ideas están la inspiración y los pilares del socialismo del siglo XXI.

En sus firmes convicciones socialistas, acomodarse a “modas ideológicas” que devenían en intolerancia dogmática y la descalificación de la diversidad de ideas y opiniones en falsos depositarios de la verdad, era una práctica que rechazaba totalmente. Más distante aún del Presidente Allende hubiera sido promover una rebelión divisionista en apoyo de su propia candidatura presidencial, ese ultra personalismo era completamente ajeno a su modo de ser y de pensar.

Allende, como líder del pueblo de Chile dejó un legado: la “vía chilena al socialismo”. Ella resultó ser el fruto de su trabajo incansable, del contacto sostenido durante décadas con el movimiento popular, obreros, campesinos, pescadores, profesores, empleados, hombres y mujeres, jóvenes y adultos mayores, representantes y/o voceros de pueblos indígenas, científicos, intelectuales y artistas, sabios pensadores y gente de acción.

En suma. Inmerso profundamente en la formación socioeconómica chilena, concluyó que el proyecto de transformación social para Chile no podía ser una simple copia de lo hecho en otras realidades. Que la firmeza de principios era esencial para elaborar un proyecto original, una estrategia en contra de los adversarios fundamentales del cambio social, pero no para implantar en Chile un modelo ajeno a la singularidad esencial, irrepetible de la chilena.

No cabe duda que su propuesta de una “vía chilena” brotó del pueblo, de sus sueños, certezas y esperanzas que Allende interpretó y aplicó en un camino que fuese auténticamente chileno. Por eso, los que simplifican a Allende, en el fondo no comprenden lo que él fue como luchador social.

Los que quieren reducirlo a un partido, incluso a una candidatura, están lejos de entender lo que fue Allende y erróneamente pretenden declararse “allendistas”, en un intento de apropiarse de su patrimonio histórico, político y moral, simplemente como un eslogan fuera de su complejidad, de su esencia democrática y libertaria.

Allende fue un luchador tenaz por la unidad, un baluarte incansable del entendimiento de las fuerzas populares, es decir, un adversario tenaz del sectarismo y de la confrontación divisionista, que causa un daño irreparable a la consecución de los objetivos democráticos y de justicia social que inspiran el proyecto histórico de la izquierda.

Era un líder social y político. No un mesiánico. Independientemente de las diferencias estratégicas y tácticas, nunca Allende hubiera convocado a la rebelión de las bases de uno de los partidos de la izquierda chilena en contra de la organización en la cual militaban. Su conducta fue invariable, mantuvo un respeto irrestricto hacia los partidos con los cuales luchó y se entendió durante décadas.

Así también, bregó arduamente por la “vía electoral” para Chile, a través de una alianza amplia que lograse ser mayoritaria, pero jamás denostó a quienes no creían en ella. Incluso, trascendiendo las fronteras de Chile, era motivo de orgullo en él la dedicatoria que Ernesto Guevara, el Che, le escribiera en el libro «Guerra de Guerrillas», en la que se leía: “A Salvador Allende, que por otros medios trata de obtener lo mismo”.

Que se instalara la perspectiva que los partidos de la Unidad Popular se asimilaran a una sola manera de pensar lo contrariaba profundamente, el pluralismo ideológico era en él un factor primordial. Creía auténticamente en la revolución chilena “con sabor a empanadas y vino tinto”. El intento de uniformar el pensamiento político en forma monolítica, era completamente ajeno a su concepción de vida y país.

Por eso, tomó distancia de resoluciones adoptadas en los partidos de la Unidad Popular que provenientes de la matriz humanista cristiana se autodefinían apresuradamente como “marxistas”. Más crecía su molestia cuando sectores internos en un determinado partido, teniendo un control mayoritario de algún evento congresal, procedían a denominar su organización como “marxistas-leninistas”, como ocurrió con la Juventud del Partido Radical.

En sus firmes convicciones socialistas, acomodarse a “modas ideológicas” que devenían en intolerancia dogmática y la descalificación de la diversidad de ideas y opiniones en falsos depositarios de la verdad, era una práctica que rechazaba totalmente. Más distante aún del Presidente Allende hubiera sido promover una rebelión divisionista en apoyo de su propia candidatura presidencial, ese ultra personalismo era completamente ajeno a su modo de ser y de pensar.

En Chile no habrá otro líder con su lucidez y perspectiva histórica, por eso, debe ser respetado y cualquier intento de apropiación de su legado con fines subalternos no tiene asidero. Allende, líder popular y militante socialista toda su vida, su pensamiento político constituye un patrimonio de alcance universal que pertenece al pueblo de Chile.

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