“El pelo de Chile y otros textos huachos”: Sobre ollas comunes, mitos indígenas y gastropolítica

¿Por qué frente a un momento de conmoción y protesta social un símbolo poderoso son las cacerolas?

Eso es lo que nos invita a preguntarnos la antropóloga y escritora Sonia Montecino, en un artículo del 2019, donde explica la importancia de incluir la alimentación como un contenido central en los programas universitarios de carreras como antropología. 

Destacada autora de “La olla deleitosa”, obra notable, premiada con el importante Gourmand World Cookbook Awards 2005 en la categoría de mejor Libro de Historia Culinaria en Castellano de Latinoamérica, la antropóloga ha hecho del análisis del comer en Chile un espejo de nuestra identidad; décadas atrás lo había hecho con los huachos, sus madres, para explicar el mestizaje chileno. Ahora, en una luminosa recopilación de “ensayos y escritos breves”, donde al menos un tercio tiene que ver con la comida, titulada “El pelo de Chile y otros textos huachos” y publicada por la Subdirección de Investigación del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural, nos plantea muchas preguntas sabrosas en torno a nuestra identidad. Y sobre todo sobre la realidad social coyuntural, donde el estallido del 18 de octubre –con su tronar de cacerolas– y la emergencia sanitaria a raíz del Covid-19 –con la proliferación y visibilización de las ollas comunes en los territorios más vulnerables–, han impactado definitivamente en la alimentación, sobre todo en la de niños y mujeres. 

En estos duros tiempos pandémicos, en que escasea el alimento en los países y en los territorios vulnerables dentro de los países, en que la FAO ha alertado sobre el aumento del hambre aguda en países pobres que ya atravesaban crisis alimentarias, incluso antes de que el nuevo coronavirus irrumpiera en escena, leer a Sonia Montecino y su mirada gastropolítica, ayudan a comprender muchas cosas.

Ella habla de “gastropolítica”. 

Varios de sus escritos breves aluden a dos personajes, a dos historias míticas, que dan cuenta de sendas realidades: la escasez de comida y el rol que juegan las mujeres en la tarea de alimentar. Ella los cita como ejemplos de “algunas de las disputas derivadas de la comida y su función política (y también cómo sus conflictos reverberan en la actual escena alimentaria)”. 

Una se ubica en el sur, en la zona de San Juan de la Costa, en Osorno. Es una leyenda indígena, tremendamente ilustrativa. 

Cito a Sonia: “Entre los huilliches del sur encontramos la figura de Canillo como alegoría de la escasez y la hambruna, como un espíritu que amenaza la estabilidad material… Es un ser que personifica el mal y permanece encantado en una roca en la localidad de Pucatrihue”. 

Canillo es un niño flaco, que no crece ni engorda, pese a que –sin que nadie lo sepa, ni siquiera sus padres– se come toda la comida de la casa. Cuando se descubre que él es quien se devora todo sin dejar nada al resto, lo tiran al mar, pero la naturaleza reacciona con sequía y daño en los cultivos. Ahí, la comunidad hace una rogativa al Abuelito Huenteao, que es el espíritu tutelar de los huilliche. En eso están, cuando reaparece Canillo volando y oscurece el sol y amenaza con destruirlo todo. El abuelito Huenteao le ofrece casarse con su hija y convertirse en su yerno. Canillo acepta y así se queda encerrado en una roca (¿el matrimonio?) e impedido de hacer el mal para siempre. Hasta hoy en San Juan de la Costa se hacen rogativas al Abuelito Huenteao para que Canillo siga encantado, inmovilizado en la roca y no salga a comérselo todo. 

Escribe la antropóloga: “Este relato es paradigmático del imaginario mapuche-huilliche, sin embargo, espejean en él una serie de símbolos, relacionados con la gastropolítica, cuyas significaciones son transculturales. Canillo representa la acumulación de alimentos (bienes-recursos) y el ‘mal’ que ello ocasiona: la emergencia de la desigualdad expresada en la falta de comida […]. La resolución de este inquietante quiebre que provoca Canillo es nada menos que la entrega de una mujer como metáfora del alimento para que sacie su ‘hambre’. Se dona a quien hace la comida, de modo que comparece la categoría de lo femenino con un doble signo: como cuerpo para ser ‘devorado’ y como fabricante de alimento”. 

El otro ejemplo tiene que ver con la caída de los moáis de Isla de Pascua. Entre los rapanui se cuenta que cierta vez una vieja cocinera que preparaba curanto –el umu, como se denomina a la versión pascuense de esta preparación– recibió de los escultores de las grandes estatuas de piedra una langosta o una tortuga –carne con virtudes sobresalientes que otorga astucia, potencia y longevidad a quien lo come–.  La vieja se esforzó en preparar un curanto delicioso, pero se ausentó mientras se cocía en las piedras. “Al volver, vio que los hombres se habían comido todo sin dejarle ni un resto”, cuenta Sonia. “Enfurecida, se volvió hacia los moáis y los maldijo. De inmediato, todas las estatuas se desplomaron de sus altares y quedaron derrumbadas en el suelo. También desde ese momento perdieron todo el maná (energía-poder) que guardaban y, a causa de ello, los rapanui dejaron de construirlos”, explica en su texto. 

La antropóloga explica que los hombres habrían roto con “el tapu; la prohibición de la mezquindad, de la no repartición del alimento, en este caso, de no compartirlo con una mujer. Se produce una desigualdad de género en la cadena de distribución y retribución: la cocinera, que con su trabajo nutre a los escultores, es excluida. Pero la agencia femenina, depositaria de los saberes de la cocina y de otros dominios, activa un hechizo que viene de las palabras, de una maldición que sale de la boca (la misma boca que fue privada de alimento) y que produce un desastre ontológico: la interrupción del culto a los antepasados (los moáis)”. 

En estos duros tiempos pandémicos, en que escasea el alimento en los países y en los territorios vulnerables dentro de los países, en que la FAO ha alertado sobre el aumento del hambre aguda en países pobres que ya atravesaban crisis alimentarias, incluso antes de que el nuevo coronavirus irrumpiera en escena, leer a Sonia Montecino y su mirada gastropolítica, ayudan a comprender muchas cosas. 

Ella cita de manera frecuente en estos textos breves a Claude Levi-Strauss con su teoría de lo crudo y lo cocido y sobre todo rescata su concepto de la endo y la exococina, “marcada por categorías de género: la primera por lo femenino y la segunda por los masculino”. Exococina es la parrilla, el asado, el reino culinario masculino, y representa el poder de todo tipo (“asar es siempre un dispendio). Y tal como el chef, que es hombre y aclamado y remunerado en lo público, la cocinera se desenvuelve en el anonimato de la casa, sin reconocimiento ni paga.

Lo notable es que ahora en que la emergencia sanitaria y sus consecuencias económicas han generado una proliferación de ollas comunes –no existe un número oficial, pero distintas estimaciones, a mediados del 2020, las cifraban entre 700 y 223 sólo en la Región Metropolitana–, esa endococina se toma lo público, con comedores comunitarios lideradas por ellas. Y no cualquier “ellas”. Lo “gastropolítico” del asunto en que la mayoría de las ollas comunes son lideradas por mujeres, jefas de hogar, muchas de las cuales han perdido sus ingresos y conocen directamente la urgencia de la necesidad que están padeciendo los niños, los adultos mayores, las personas en situación de calle. 

“‘La dignidad se cocina a fuego lento’, decía una pancarta enarbolada en las protestas del desborde social de octubre de 2019, y me parece citarla como una buena síntesis de los temas que recorre este libro, así como un índice de la necesidad imperiosa de una transformación que le cambie el pelo a Chile”, escribe Somia Montecino en su introducción. Y ciertamente tiene razón.

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